Hace ya unos años, en algún momento de 2006 para ser más exactos, cumplí sin darme cuenta treinta años de profesional de la música. Una vez superado el vértigo que produce una cantidad tan grande de tiempo, no puedo más que sentirme contento y agradecido por haber podido dedicarme a esta profesión.
Todo empezó con un piano que apareció por casa cuando yo era un preadolescente. Me aficioné con ansia a este instrumento y me puse a estudiar cada vez con más intensidad. Pronto empecé a tocar en grupos de Argentona y Mataró. Eran los momentos esplendorosos del rock y con los amigos aprendimos a amar la música e hicimos de ella el eje sobre el cual giraban nuestras vidas.
Desde el inicio tuve claro que la música era, además de mi pasión, la profesión a la cual quería dedicarme. Empecé a buscarme la vida como músico tan pronto como pude y el dinero que ganaba tocando en orquestinas de baile lo empleaba en comprar instrumentos y pagarme los estudios en el Conservatorio y en las primeras escuelas de jazz que empezaban a aparecer por Barcelona. Desde entonces no he trabajado en otra cosa, aunque me ha tocado desempeñar, con mayor o menor fortuna, todos los papeles habidos y por haber: pianista, productor, compositor, arreglista...
A veces me pregunto qué hubiera pasado si las casualidades de la vida no me hubieran llevado a vivir ciertos momentos que han sido claves para mí. Seguramente mi destino hubiera girado hacia rumbos que ahora no puedo ni sospechar. Mirando mi trayectoria me parece distinguir tres momentos especialmente importantes:
El primero es el momento en que conocí a Gato Pérez. Al entrar de pianista en la banda de Gato descubrí todo el universo de la “rumba catalana”. Aún hoy sigo atrapado por esta música fascinante y disfruto compartiendo peripecias con mis compadres del grupo AI AI AI. He encontrado en la rumba una forma de entender el mundo y un lenguaje musical en el que me siento identificado.
El segundo momento que he elegido es el día en que mi amigo Albert Rubio me propone componer las músicas para la serie de dibujos animados “Las Tres Mellizas”.
A raíz de la repercusión de esta serie, he tenido la oportunidad de ir encadenando mi participación en distintos proyectos en el ámbito de la producción audiovisual.
Por último elijo el momento en que me compré mi primer ordenador para hacer música. Un Sinclair ZX Spectrum. No sé si alguien se acuerda de este aparatejo. Aunque parezca un hecho trivial, para mí fue el descubrimiento de que música y tecnología pueden ir de la mano. A día de hoy el ordenador sigue siendo mi principal herramienta para hacer música, sea cual sea el tipo de producción que tenga entre manos.
Y aquí estoy yo con mis cuarenta y bastantes. Estos y otros momentos me han ayudado a hacer camino hasta aquí pero me falta hablar de lo más importante que es toda la gente magnífica que he tenido la fortuna de conocer: músicos, técnicos, gestores culturales, empresarios, mánagers, público... El mundo de la música está plagado de incautos que se mueven por los impulsos del corazón sin atender a más razón que su amor por el arte.
Gracias a ellos esta profesión sigue teniendo sentido.